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Tierra en disputa, visitando territorio Akimel O’odham

Karla, Daniel y su amigo veloz Arturo hicieron una ruta por territorio Pima, mismo que durante siglos ha sido disputado por colonizadores, extractivistas, y más recientemente, narcotraficantes. Este es el relato de la experiencia.

Fotos y texto de Karla Robles y Daniel Zaíd

El tema de la inseguridad en México es algo de lo que no suelo hablar; para evitar caer en la desesperanza, trato de enfocarme y resaltar las buenas acciones de la gente. Sin embargo, es como una piedrita que siempre traes en el bolsillo: sabes que está ahí, la tocas cuando quieres sacar otra cosa, y aunque ya estás acostumbradx a ella, hay días en los que simplemente decide picarte el muslo. Los ciclistas de aventura en el país generalmente tenemos este factor en consideración a distintos niveles dependiendo de la región y otras circunstancias, así que aquí tocaremos un poquito el tema pero hey, también hay partes felices dentro de la historia, para balancear.

Empezando bien el recorrido: con un súper inclinado.

A Karla, a mí y nuestro amigo veloz Arturo nos dejan al principio de la ruta, 15 km antes de Yécora, mientras el resto del grupo se va a explorar lugares con potencial para highlining. Empezamos inmediatamente a subir por un camino de tierra, luego aparece pavimento: la señal inequívoca de que lo inclinado está por inclinarse aún más. Después de 2 km el terreno se aplana y mis cuádriceps ya están ardiendo. Reaparece la tierra y rodamos entre huertos de manzanas y membrillos, que un local nos ofrece para comer; las dos manzanas dentro de mi mochila que vienen desde Hermosillo se sienten como peso dioqus, “Trajiste agua al pozo”, dice dentro de mi cabeza la voz de mi mamá. Nos detenemos ante un letrero que anuncia que hemos llegado al estado de Chihuahua, y un hombre afuera de su casa nos saluda, “¡Vienen de Hermosillo! ¿Está feo por allá no? Mucha gente infectada”; nos dice que aquí no ha habido casos y que “todo muy tranquilo”, lo cual podría referirse a varias cosas. Continuamos nuestro camino en el paisaje boscoso tan ajeno a nosotrxs, llenando nuestros pulmones con el aroma a pino, y deteniéndonos a ver todo a lo que no estamos acostumbradxs: hongos, piñas de pino, bellotas, y dos escarabajos peloteros que parecen ir jugando carreras.

Hace un par de semanas Karla y yo nos unimos a un grupo de slackliners que estaban buscando un nuevo lugar para poner un highline en el pueblo de Yécora, Sonora, aunque nosotrxs íbamos con una misión diferente: pedalear una ruta popular por ser sede de un evento anual, 47 km de terracería en la Sierra Madre en Sonora. Ubicado a unos 300 km al oeste de Hermosillo, Yécora está justo en la frontera con el estado de Chihuahua, por lo cual es escenario de la batalla por territorio entre carteles rivales. Es el tipo de lugar al cual sólo vas si conoces a alguien en el pueblo y no llegarías por tu cuenta haciendo preguntas; lo más probable es que las preguntas te las hagan a ti. “¿Qué anda haciendo?”, los hombres en trocas y motos son muy directos. Tener a la mano el nombre de alguien local es la mejor forma para que te dejen en paz; una respuesta vaga y seguramente habrá más preguntas. Alguien del grupo de slackliners tenía una amiga viviendo ahí, así que era una oportunidad que debíamos aprovechar.

Un largo descenso sobre piedras del tamaño de puños nos deja con manos adoloridas y frenos chirriantes en el pequeño pueblo de Bermúdez, donde nos tomamos tiempo para descansar en un arroyo. Normalmente estuviéramos buscando algo de interacción con la gente local, pero las precauciones por virus nos hacen mantenernos a distancia y sólo saludamos de lejitos. Varios hombres en motocicletas pasan por el pueblo algunas veces y reconocemos su presencia con un leve gesto con la mano, algunos responden, otros no. Sabemos quiénes son: “halcones” o “punteros”, los guardias para la célula local, la posición donde debe empezar todo el que aspire a trabajar en el cartel. He visto algunos que aún se les distingue la adolescencia en el rostro, pero no muchos que parezcan ser de edad mayor; la vida como miembro de un cartel no es muy larga, un estimado de tres a ocho años.

Con una renuencia compartida pero que nadie menciona nos ponemos en movimiento de nuevo, conscientes de que toda la elevación perdida debe ser ganada de nuevo; al terminar la ruta nos unimos a los highliners en Yécora y compartimos historias de nuestras respectivas jornadas. Nos informan que un hombre fue asesinado en el siguiente pueblo al oeste así que la situación en la zona está tensa ya que se espera más actividad. Después de una cena colectiva en la fogata, nos retiramos a nuestras casas de campaña para recargar baterías ya que Arturo y yo repetiremos la ruta pero en la dirección contraria, mientras Karla va de visita a una comunidad de los indígenas Pima. Aquí es donde ella se hace cargo de la historia.

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Gina fue nuestro contacto en Yécora, la conocimos por medio una de nuestras amigas highliners. Gina tiene casi 20 años trabajando con las mujeres Pima en la conservación y preservación de su cultura a través de la elaboración de artesanías como pinturas y bordados de las pinturas rupestres cercanas. Las/os Pima son un pueblo originario del norte de México asentado en la Sierra Madre Occidental entre Sonora y Chihuahua, su nombre proviene del término Pi’ma que significa ‘no hay’, ‘no tengo’, ‘no entiendo’, de esa manera contestaban a los primeros colonizadores jesuitas cuando les preguntaban algo y quienes les asignaron ese nombre en castellano que viene de la negación a los Yoris (personas no indígenas) pero ellos mismos se auto nombraban  O’ob que significa ‘pueblo’ o Akimel O’odham “pueblo del río”. 

Viven en casas de madera o adobe con techos de dos aguas y de lámina, tienen una ventana pequeña y predomina la oscuridad dentro de sus hogares simulando la entrada de luz de las cuevas donde antes vivían en la sierra. La colonización y evangelización española los hizo desplazarse a las faldas de la sierra en las comunidades y rancherías en los alrededores de Yécora, pero Alicia, una de las mujeres Pima que conocí, dice que el tiempo más feliz de su vida fue cuando vivió en las cuevas; sus viviendas simulan esa añoranza.  

Gina también colabora con el Padre David, un fraile franciscano estadounidense que tiene más de treinta años asentado en la serranía terminando la evangelización que sus ancestros jesuitas tuvieron que dejar pendiente luego de su expulsión en el siglo XVIII. Las/os Pima profesan la religión católica y le tienen gran estima aunque todavía conservan algunas de sus costumbres y tradiciones, otras están ya por extinguirse como su lengua; en la comunidad son pocos los que todavía la hablan, como Don Guadalupe quien ha perdido el sentido del oído pero todos los días sale a tomar el sol. Pude haberme quedado horas viendo las historias que se dibujan en su piel o interpretando sus silencios llenos de anécdotas, pero quería conocer más de este pueblo con el poco tiempo que tenía.

Gina me platicó que el Padre David ha hecho gran esfuerzo en impedir que las niñas se casen a temprana edad; en una ocasión un joven adulto pretendía a una niña de catorce años y ellos le imploraban a la mamá que impidiera el matrimonio de la jovencita. Tras mucho insistirle, la mamá tomó la decisión de quedarse con el hombre que pretendía a su hija. Nos reímos un rato por la astucia o desesperación de la mamá al no saber qué hacer ante esta situación. 

Pareciera que las relaciones sexo afectivas dentro de la comunidad son abiertas o con poco peso a las relaciones monogámicas y duraderas; es común la unión y separación entre ellas/os y no parecen tener vínculos afectivos largos o profundos. Entre broma, Gina me platicó que un día le preguntó a una mujer cómo le hacía para tener tantos novios, a lo que la mujer le contestó que es fácil, solo ver al hombre que quieres, cerrarle un ojo, tirarle un beso y listo. Estuve atentamente escuchando las historias que me platicaba Gina, pero no podía dejar de pensar en las formas de colonización cultural que ha tenido esta comunidad, en la regulación occidental del matrimonio o el control de la sexualidad de las mujeres no como una lucha antipatriarcal si no como una imposición occidental y religiosa. También pensé en las formas en las que las Yoris como Gina y yo vemos estas prácticas que ahora llamaríamos ¿amor libre? ¿poliamor?. 

El pueblo Pima vive en un paraíso natural, entre bosques, ríos y montañas,  sin embargo, su territorio ha sido disputado por colonizadores, extractivistas, y el narcotráfico, la lucha por su tierra y su cultura no ha sido fácil y los ha dejado en rezago, pobreza, y encaminado al genocidio limitando su libertad en toda la región. Este recorrido fue un recordatorio de que la tierra por donde rodamos tiene una historia que está viva, que los caminos por donde trazamos las rutas siempre tienen algo que contarnos y que el sonido que nos susurra el viento son los cantos de los pueblos reclamando lo que es suyo.

¡Resistencia a los pueblos originarios de México en la defensa de su tierra y territorio!

Biciviajero del noroeste de México recorriendo caminitos de tierra en una bici azul cielo.