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Crónica de un cicloviaje fracturado

Llegado el soñado momento de su viaje en bici, Pedro se ve envuelto en un choque y su historia nos muestra cómo una aventura puede no salir como la planeaste, pero un puñado de amigos y la amabilidad de la gente puede ser el elemento más valioso de tu equipaje.

Historia de Pedro Balleza @godinalmanubrio

Sobresaltado y todavía entre sueños, mis ojos se abren, el celular no para de sonar y de lejos veo 5:00; mi cuerpo me pide cinco minutos más, un último parpadeo y el cuerpo se corona campeón otra vez. Entro en razón y por fin abro los ojos y logro ponerme de pie, un último estirón de huesos y músculos, ahora sí tengo el control del cuerpo, y logro sentir el frio de invierno pues es 26 de diciembre, hoy salgo en bicicleta a la costa de Michoacán. En automático empiezo a hacer mi planeación matutina, cámbiate, prepara quesadillas, y verifica que esté todo en su lugar; hago los últimos ajustes y me subo por primera vez a la bicicleta con todo y su carga, se siente un poco inestable pero es normal cuando le pones 15 kg extra.

El primero de mis compañeros en llegar fue es Johan, después Javy quien nos dice: “Ya ponchó el Fontaine”, ahí fue donde comenzó la racha de eventos desagraciadopinchefortunados, aunque el experimentado Fontaine no tardo ni diez minutos en arreglar el problema, y así comenzó nuestro periplo ciclista. Salimos a la siguiente escala, Pátzcuaro, seguido de nuestro primer puerto de montaña a 2400 msnm y después un descenso bien rico hasta Tingambato, donde nos esperaban unas deliciosas chirimoyas y plátanos. Apenas abandonamos Tingambato, el enemigo de las ponchaduras atacó al Fontaine, lo bueno que sus llantas parecía que se parchaban solas; pero kilómetros adelante de nuevo una ponchadura tras otra, hasta que Fontaine localizó un cable largo que había atravesado su llanta, lo removió, parchó y continuamos.

Llegamos a Uruapan y estábamos contentos aunque muy lejos de lo planeado así que decidimos continuar a pesar de ser las 5 pm. Saliendo de Uruapan la primera advertencia me sorprendió: ponchadura en llanta trasera. Colocamos nuestras luces ya que el sol se estaba ocultando y decidimos dar nuestro último esfuerzo hasta Lombardía, pues estaba de bajada y no venía ningún carro. Se disfrutaba la sensación de libertad y la velocidad, nos topamos con varias curvas que sorteamos sin problemas; de reojo miré mi retrovisor y logré ver unas luces que se acercaban, grité “¡Carro!” pues yo venía detrás del grupo, el carro pasó sin problemas, y continuamos bajando.

De nuevo vi luces en mi retrovisor, pero frente a mi había una curva, mientras me acercaba a la curva los carros también se veían cerca, tomé la curva y sin poder reaccionar solo vi como de pronto mi manubrio giraba, todo se volvió silencioso, y sentí un golpe seco de mi lado izquierdo. Oí ruido de piedras mientras sentía cómo seguía avanzando sobre el pavimento, pensaba en los carros e intentaba levantarme pero no podía. Sentí un puñetazo en la cara y en la boca, y luego pude observar que los carros pasaban a un lado mío. Me puse de pie y logré llegar al muro de contención mareado y golpeado, y fue cuando me llegó la primera oleada de dolor que hizo que mi cuerpo realizara movimientos involuntarios, seguido de mucho calor, gritos y quejidos. Giré mi cabeza y vi la bicicleta a mitad del carril, intenté moverla pero no pude porque mi mano izquierda estaba muy adolorida y chorreaba sangre que caía en mis pies. Entonces escuché a mis compañeros que corrían a auxiliarme, quitaron la bicicleta y mis guantes rotos de mis manos y nos refugiamos en el lugar más cercano.

Ahí estábamos los cuatro al lado de la carretera, desorientados, asustados, y tratando de tomar decisiones. Fontaine sacó de su botiquín unas pastillas de Ketorolaco y Flanax para aliviar el dolor, a la vez que el cuerpo se enfriaba e iba descubriendo golpes bloqueados por la adrenalina y endorfinas. La noche nos cubrió y en plena bajada los autos no se detenían, intenté subirme a la bicicleta pero apenas pude sostenerla porque la mano izquierda estaba inflamada. Johan y Fontaine fueron en busca de auxilio, Javy se quedó para apoyarme y ver si algún carro se detenía. Cinco minutos después Juan volvió y nos comenta que habían ofrecido ayuda en la siguiente curva.

Heridas del viaje

Caminé como pude, Juan llevando mi bicicleta a un parador al lado de la carretera con un comercio y una casa sencilla y por fin logré ver un poco de suerte tras los acontecimientos de todo el día. Fontaine hablaba con un señor quien hizo varias preguntas sobre el accidente y luego salió una señora cargando un niño, quien me invitó a pasar a su casa. Al cruzar la entrada observé la humildad con que vivían, atravesamos el patio y llegamos a una mesa que tenía varios productos de curación. Mientras la señora iba por hielo, Javy me ayudaba con la curación debido a mi imposibilidad de mover la mano, y cuando regresó comenzó una plática acerca de su tiendita sobre la carretera, varios accidentes muy aparatosos que incluían muertes, además como ella había curado varias personas con esos productos que usaba en mis heridas.

La señora nos dejó pasar a la tienda a comprar la cena de ese día, huevos, salchichas y tortillas, y dejó cocinar a mis compañeros en su casa; yo me quedé afuera cuidando las bicicletas. Mis compañeros salieron muy alegres de la casa con la cena y mientras cenábamos en el área de las banquitas, me platicaron que mientras ellos cocinaban la señora desesperada intervino diciendo.
– Ay jóvenes, parecen niñitas de Uruapan, ¡háganse a un lado!
A mis compañeros no les quedo más que ver como terminaba la señora de hacer la cena e hicieron una última pregunta:
– ¿Qué tal las noches por estos rumbos?
– ¡Aquí no pasa nada!
La señora recapacitó su respuesta:
– Bueno…sí pasa, pero si pasa le corren a la lomita de ahí, o a la casa de por allá.

Entre plática y bromas terminamos la cena, luego pusimos nuestras casas de campaña, escondimos lo más que pudimos las bicicletas tras las advertencias de la señora. Esa noche dormí con la esperanza de que mi mano amaneciera en mejor estado el siguiente día.

Al despertar mi cuerpo se sentía como nuevo a excepción de mi mano izquierda que no daba indicios de mejoría, así que decidí buscar a alguien que me diera un raite hasta Lombardía, el pueblo más cercano. El conductor de una camioneta aceptó ayudarme y salimos seguidos de mis compañeros que venían en bicicleta. El señor me dejó en el centro de salud de Lombardía, agradecí su generosidad y nos despedimos. “A simple vista no parece fractura, pero una radiografía es importante para descartar. Enfermera, inyéctele diclofenaco”, fueron las palabras del doctor. Después hice malabares pero conseguí subirme a la bicicleta, decidí continuar hasta Apatzingán a pesar de las molestias, frenando y haciendo cambios con una sola mano. Fontaine continuaba con sus ponchaduras, hasta llegar a Nueva Italia donde por fin compro una nueva cámara. Tras 70 kilómetros llegamos a Apatzingán donde decidimos pasar la noche en un hotel y dormir como reyes. Ahí acomodamos nuestras bicicletas y equipaje para poder ir en busca de la radiografía, donde efectivamente me confirmaron una fractura de metacarpo.

Mi vida antes de viajar en bicicleta era, creo yo, como la de muchas personas que usamos la bicicleta en nuestro día a día. Mi gran sueño era poder viajar en ella al sur, lo podía ver, sentir, hasta oler, todo muy bonito, lugares nuevos,  mi bicicleta, mochilas, acampadas viendo las estrellas, la playa, el clásico explorador que tanto te cuentan los libros de aventuras. Conforme se acercaba la fecha las primeras cachetadas de realidad fueron ansiedad, miles de preguntas y miedo a fracasar. Posterior a mi salida se puso peor, me enfrenté a muchas cosas nuevas que no tenían que ver con mis sueños, como dormir en lugares con la luz encendida toda la noche, dormir en pasillos donde la gente pasaba a cada rato, dormir en la plaza principal de algún pueblo, no poder dormir por tanto frio, inclusive dormí en medio de una tormenta tropical con tanto viento que tuve que poner piedras en mi casa de campaña para que no volara. Viajar en bicicleta es difícil, es incierto, es renunciar, es volverte loco, es volver a lo básico, es enfrentarte a ti. ¿Qué tanto estas dispuesto a perder por alcanzar tus sueños? Porque esto no es para todos, esto no te hará millonario, esto no es un seguro de vida, en resumen es todo lo contrario para lo que fuiste educado en tus primeros 20 o 25 años de vida. Solo es para unos cuantos que logran entender que todas esas dificultades son producto de nuestra propia comodidad, pereza y dependencia de costumbres dañinas que se han vuelto parte de nuestra vida citadina. Dejando atrás esa zona de confort, te liberas de muchas anclas, que te dejarán fluir en el camino de la vida con mucha más ligereza. Alejado de todas esas barreras y en medio del camino, el viaje apenas comienza, y te das cuenta que no quieres que termine jamás.

Sin embargo tuve que regresar a Morelia, despidiéndome de mis amigos, deseándoles muy buena suerte en su aventura, sabiendo que pudo ser peor y esperando mi recuperación, para la revancha, y próximas aventuras.

Pedro Balleza es originario de Morelia, Michoacán, residiendo en Guadalajara, Jalisco. Cicloviajero y practicante de yoga con el proyecto de recorrer de Guadalajara a Colombia en su bicicleta.