historias

Baja Divide, Ruta de las Misiones

Karla y yo estábamos en ruta antes de que Covid-19 hubiera sido detectado en México, pero según vimos cómo se desarrollaba la situación decidimos pausar nuestro viaje y volver a casa en Sonora. Se siente raro tener nuestro espacio al aire libre reducido a un pequeño patio después de pasar semanas en un camino sin límites, pero nos mantenemos positivxs y esperamos que ustedes se encuentren sanos para poder vernos en las rutas una vez que esto pase.

Las fotos incluyen colaboración de @karlatrobles

Salimos de San Ignacio por un camino pavimentado pero poco traficado y llegamos a Laguna de San Ignacio, donde nos unimos a un tour para ver ballenas. En nuestro segmento anterior habíamos visto sus chorros desde la costa, pero verlas nadar por debajo de la pequeña lancha donde estábamos fue una experiencia increíble. De vuelta en tierra firme hacemos una parada en la tiendita del pueblo para comprar algunas cosas; la señora detrás del mostrador está muy entrada en su celular y nos expresa su preocupación acerca del “nuevo virus”. Ésta zona depende altamente en las actividades del mar y su principal comprador es China, pero debido a Covid-19 se han suspendido todos los envíos de producto, dejando a la gente sin parte del ingreso con el que contaban para vivir el resto del año. También está preocupada por estar en un lugar turístico, donde la mayoría de los visitantes son extranjeros.

En San Ignacio nos topamos con @west.randy, de Tijuana en ruta hacia Los Cabos.

Una serie de salitrales nos llevan a la pequeña comunidad pesquera El Dátil, donde platicamos con un grupo de locales mientras desayunamos; nos preguntan cosas sobre la ruta que han querido saber desde que un montón de ciclistas empezó a pasar por aquí pero no habían podido preguntar porque la mayoría no hablan español: “¿Hay que pagar para hacerlo? ¿Es una carrera? ¿Por qué todos tienen bicis iguales?”, aunque están al tanto de que “Nicolás” es nuestro guía. Antes de irnos nos advierten que hay abejas en el área haciendo su migración de temporada, “Si las oyen, tírense en el suelo y no se muevan hasta que pasen”. Karla y yo hemos visto enjambres de abejas volando en un par de ocasiones en otros segmentos de la ruta, pero sólo siguieron con su camino y no nos pusieron atención. Unos kilómetros más adelante llegamos a una corta e inclinada subida; me adelanto y llego a la parte plana donde me detengo para esperar a Karla. Pasan varios minutos; un viento fuerte viene de atrás, pero se calma por un segundo y la sangre se me va a los pies cuando oigo a Karla gritar mi nombre. Dejo caer la bici y corro hacia atrás pensando que quizá se cayó, y después de lo que se siente como una eternidad por fin la veo: su bici está en el suelo y ella está tirando manazos al aire, “¡Abejas!”, me dice. Asumiendo que ya es muy tarde para “tirarnos en el suelo y no movernos”, la agarro del brazo y corremos entre un concierto de zumbidos.

Llegamos a mi bici y le paso mi chamarra impermeable mientras intentamos espantarnos las abejas con unos movimientos de danza dignos de un rave, la prioridad es cubrirla a ella porque ya ha sido picada varias veces. Estas abejas me parecen particularmente grandes; golpeo a una con la mano y siento que me bloquea y me devuelve el golpe, y entonces, el único carro que vimos en todo el día aparece justo en este momento. La troca se detiene y le advertimos a la familia que viene adentro sobre el furioso enjambre de abejas colina abajo. Me subo en la parte de atrás para ir a recuperar la otra bici y muy pronto las abejas están encima de mí otra vez; salto fuera de la troca, agarro la bici y corro como si no hubiera un mañana. Me pongo la otra chamarra impermeable y pedaleamos tan rápido como podemos pero algunas abejas nos siguen todavía por más de 3 km, seguramente ayudadas por el viento de cola. Cuando al fin nos sentimos seguros nos detenemos; Karla fue picada cuatro veces, dos muy cerca del ojo derecho. Le saco los aguijones, nos abrazamos y lloramos, y luego, siguiendo el sabio refrán de “Un pan pa’l susto” nos comemos unas paletas con forma de cerveza que yo traía en mis bolsas, y luego continuamos nuestro camino (NOTA: no se recomienda comer azúcar cuando tienes adrenalina elevada).

Una cervecita pa’l susto.

Giramos al este hacia las montañas y pedaleamos sobre un camino muy rocoso paralelo a un río y ganando altitud lenta pero constantemente. Justo antes de la puesta del sol llegamos a un rancho con un pequeño letrero de “Bikepackers welcome”. La pareja del rancho, Doña María Luisa y Don Chuy, nos invitan a pasar a su cocina. Sobre tazas de café y abundante queso de cabra les contamos nuestra historia con las abejas y ellxs nos mencionan varios casos de locales teniendo encuentros no amistosos con ellas, porque accidentalmente golpearon una rama o un animal las provocó al pasar. En este caso, puede que yo haya sido el animal. La mañana siguiente, después de rechazar sutilmente las múltiples ofertas de trabajo de María Luisa, volvemos a la ruta y pedaleamos a través de magníficos cañones mientras las nubes se agrupan lentamente detrás de nosotrxs.

Un poco después de mediodía nos alcanza una ligera lluvia, así que en el siguiente rancho preguntamos por un techo donde podamos pasar la noche protegidos de la lluvia; nos instalan dentro de un RV y pasamos el resto de la tarde escuchando sus historias del área y la vida en las montañas. En la mañana sacan café, tortillas y un plato lleno de queso de cabra, con el cual procedo a llenarme el estómago. Después de que se termina el queso y nuestras bicis están empacadas les decimos que estamos listxs para irnos, pero nuestra despedida se ve interrumpida por “¿No se van a quedar al desayuno?”. Les pregunto qué fue entonces lo que acabamos de comer, a lo que responden “Oh, ¡eso fue sólo el café!”. A estas alturas puedo notar que mi aliento huele a chiva incluso después de lavarme los dientes, pero no me molesta en absoluto, al contrario, lo saboreo con orgullo. Después de comprarles todavía otro kilo de queso, Karla y yo nos vamos de Rancho San Miguel sintiendo como si acabáramos de visitar parientes.

Un largo y divertido descenso nos saca de la sierra y nos lleva a Mulegé en el Golfo de Californa donde las actividades parecen seguir con normalidad, los bares y restaurantes están llenos y si no fuera por la información que vemos en internet no habría forma de decir que algo está pasando “allá afuera”; incluso hay una feria durante el fin de semana con perturbadores sonidos de peleas de gallos que se extiende hasta el amanecer. Por medio del grupo de féibu de la Baja Divide contactamos con otros ciclistas en el pueblo y un grupo de seis nos reunimos antes del amanecer para hacer el cruce en panga hacia el segmento conocido como Los Hornitos. Ya en el otro lado de la costa el grupo se reduce a cuatro debido a la diferencia de velocidades, así que quedamos Karla y yo más Laura y Alex de Nuevo México, EEUU, quienes habían estado siguiendo nuestras huellas durante varios días. Mientras pedaleamos por la costa un grupo de delfines nada a algunos metros de nosotrxs, y a mediodía encontramos un lugar lindo donde decidimos pasar el resto de la tarde para tomarnos un día ligero antes de volver a las montañas.

Alex y su Surly Krampus 29×3.0
Laura con su Surly ECR 27.5×2.8

Después de dejar la costa atrás nos encontramos pedaleando de subida constantemente y acabamos los días sintiéndonos exhaustos. Karla y yo descubrimos más cosas en común con nuestros nuevxs amigxs que sólo los kilómetros que hacemos al día, y rápidamente nos agarramos cariño.

Bajo una ligera e intermitente brisa arribamos al pueblo de San Isidro y después de reabastecernos volvemos al camino; las subidas son implacables y la brisa se convierte en lluvia, pero seguimos avanzando. De repente siento como si me hubiera parado en cemento fresco y pronto me es imposible girar las ruedas: después de semanas de escaparnos, por fin nos ha capturado el infame lodo mortal de la Baja Divide y se complica hasta caminar más de 100 metros antes de que las ruedas se atasquen de nuevo, así que después de considerarlo nuestro mojado grupo decide volver a San Isidro. Al enterarnos de que pudiera tomar varios días para que el barro se seque decidimos tomar el camino pavimentado hacia Ciudad Constitución.

Largo descenso hacia San Isidro.

La mañana siguiente Alex nos dice que Laura pasó la noche vomitando y que él tiene diarrea; creemos que posiblemente hayan sido los frijoles que se comieron anoche así que después de ayudarles a conseguir un raite en una troca que iba hacia Constitución, Karla y yo decidimos volver a las montañas y retomar la ruta oficial. Pasamos el pueblo de San Miguel de Comondú y acampamos temprano ya que Karla expresa sentirse baja en energía, “Tomaré una siesta y me despertaré para cenar” me dice, pero se duerme de corrido. Durante la noche le da un ataque de diarrea y un poco de fiebre, pero nosotros no comimos de los frijoles de nuestros amigos así que pensamos que pudo haber sido el agua de la llave que filtramos en San Isidro. En la mañana la fiebre se ha ido pero las molestias persisten así que decidimos tirarnos a lo seguro y volver al pueblo, donde encontramos a un local que va a Constitución en una troca con suficiente espacio para nosotrxs y nuestras bicis. Suerte que tenemos. En el camino nos cuenta que el agua de San Isidro no es muy limpia y que incluso los locales se enferman cuando la toman después de estar fuera por un tiempo.

Mi Ron’s Bikes 27.5×3.0

Ya en la ciudad nos reagrupamos con Laura y Alex, que ya se encuentran mejor. Aquí nos damos cuenta que la situación del coronavirus se ha complicado y después de ver las noticias empiezo a preguntarme si debería llenar mis bolsas con papel de baño en vez de comida. La nueva información nos hace considerar la necesidad de tener que volver a casa, pero no mucho puede hacerse desde aquí de todos modos así que los cuatro decidimos pedalear a La Paz donde hay más opciones de transporte. En la mañana justo antes de salir nuestrxs amigxs se enteran de que el gobierno de los EEUU ha emitido un comunicado invitando a sus ciudadanos a volver al país, o prepararse para permanecer fuera por un tiempo indefinido.

Dejamos Ciudad Constitución detrás a través del popular e inevitable basurero, seguido por dos días de rodar entrando y saliendo de cañones con varios tramos inclinados y rocosos que un no-ciclista de montaña como yo consideraría “técnicos”, y me felicito en voz alta cada vez que sigo pedaleando contra el instinto de poner un pie en el piso. La gente en los ranchos que encontramos en el camino sigue con su habitual amabilidad y ganas de platicar; es difícil no acercarse demasiado, ver las tazas que nos ofrecen como algo de lo que hay que cuidarse, no saludarles de mano. Después de todo, somos nosotrxs los que venimos de una ciudad, y ellxs son lxs que viven a horas de la atención médica más cercana. Me detengo para tomar agua y un hombre de edad avanzada viene por el camino cargando un bonche de palos secos. Quiero conversar pero también pienso en pedalear y alejarme, pero luego ya es demasiado tarde; me dice “¡Buenos días!” y se acerca, “¿traes alguna medicina? A veces me da migraña pero ya se me acabaron las pastillas”. Le doy un puño de Tempra’s y luego me pregunta si sé algo sobre ese virus que está saliendo en las noticias. Le digo lo que sé sobre los síntomas y cómo evitar contagiarse y luego, como si hubiera olvidado lo que le acabo de decir, me dice que somos bienvenidos a quedarnos en su rancho cuando queramos y que él sabe dónde hay unas pilas naturales donde podríamos ir a nadar; yo le doy las gracias y pedaleo para alcanzar al grupo.

Pasando el punto más alto del segmento sigue un descenso quema-balatas que nos trae de vuelta al Golfo de California en el pueblo pesquero turista de San Evaristo. Después de dos días muy intensos decidimos tomarnos un día libre en este hermoso lugar pero el día siguiente, mientras pasábamos el mal del puerco afuera de un restaurante, el dueño sale y nos dice que les acaba de llegar un comunicado del gobierno local avisándole a todos los negocios que paren de recibir turismo, y que incluso cerrarían la tienda. Así que nos apresuramos a ir a la tienda donde encontramos gente agrupada tratando de conseguir internet y compramos todo lo necesario para los siguientes tres días ya que no sabemos si las tiendas en camino a La Paz estarán abiertas. Con nuestras bolsas llenas al máximo volvemos a pedalear/empujar nuestras bicis de vuelta hacia los cerros; toma tu día libre.

Alex en el largo descenso hacia San Evaristo.

Los siguientes días pedaleamos paralelo a la costa atravesando hermosas formaciones rocosas, descansando a mediodía para escapar del ardiente sol, y acampando en la playa bajo una Vía Láctea que se funde con las luces de La Paz, lo cual nos recuerda la incertidumbre que se avecina; pero me permito enfocarme sólo en disfrutar el paseo que, después de todo, quizá sea el último en un buen rato. Hacemos una parada por agua en San Juan de la Costa, el pueblo antes de La Paz, donde todo parece estar funcionando normalmente, y después pedaleamos los últimos kilómetros hacia una ciudad a la que desde antes teníamos ganas de ir pero por otras razones, porque ahora significa que nuestro viaje debe terminar. Mientras pedaleo en el Malecón volteo a ver a Karla y nos sonreímos, luego hago de lado mis emergentes emociones de logro porque ahora es tiempo de empezar a buscar la forma de volver a Sonora.

Karla y su Surly ECR 27.5×2.8

Biciviajero del noroeste de México recorriendo caminitos de tierra en una bici azul cielo.